Archivos Secretos 3

ZORRINO

Rayas de luna, y sombra hasta el hocico
por que la noche más te mimetice
y el polluelo del pájaro infelice
acaso sea tu manjar más rico.

Pequeño, con la cola en abanico.
Guay del que en atacarte se encarnice…
que a fe que abonas el refrán que dice
que el buen perfume viene en frasco chico.

Troti-olfati-coleando indiferente,
nadie podrá decir que disparaste
o a cualquier agresor no diste el frente.

Sereno las jaurías esperaste
Y hasta ya es fama – ¡si serás valiente!
Que una locomotora atropellaste.

CACHILA

Las plagas limpias de la sementera
desde el rastrojo al pajonal espeso
y a nadie hiciste mal, tal vez por eso
aproximarse dejas a cualquiera.

Al terrible rapaz de la gomera
que a dos pasos de ti llega el travieso
con propósito ruin, artero, avieso
o al hombre bueno que pasó a tu vera.

Tu humilde canto siempre has repetido
aunque todos a él se muestren sordos
abnegada madrastra de los tordos,

-advenedizos monstruos de tu nido-
más ninguno de ti fue el preferido
y a hijos y entenados criaste gordos.

VIZCACHERA

Para que cuando llueva no se embarre
se encuentra en la lomada o la ladera
donde se puede oír la noche entera
extraño batifondo de aquelarre.

El patio de la entrada allí se barre
a pata y reculando hasta allá afuera;
es familia que va por donde quiera
y trae para casa lo que agarre.

No es difícil hallar algún cuchillo
una espuela, un rebenque o una trampa
y si se pierde el mismo cojinillo.

O un torniquete, un caracú, una guampa;
Sobre aquel subterráneo conventillo
Con puertas en las lomas de la pampa.

EL ZORRO
(Soneto y medio)

Catalepsia congénita padeces,
y enfermedad es ésta que te ataca
cuando te ves perdido en una estaca
como suele ocurrirte muchas veces.

O pasa que parece que pereces
si de la cueva el cazador te saca.
Por eso la cabeza te machaca
por que no redivivo te endereces.

El cordero es un plato que apeteces;
y merodeas por la hacienda flaca
para comerte alguna vaca en vaca
con los gatos ariscos y monteses.

Narcotizando gozques y mastines
penetrás sigiloso al gallinero,
como penetra un cliente al almacén.

Y no respetas pollos benjamines
ni joven madre o ponedora, pero
tampoco al bataráz Matusalén.

Y, de tus pantagruélicos festines
volver al trote maldiciendo al tero
las cinco estrellas últimas te ven.

Osvaldo Furlani
Junio 2008

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