Haciendo camino al andar se llegó al Bicentenario

Aquel tan promocionado “Crisol de Razas” del Centenario: ¿Ya terminó su trabajo?

¿Qué somos y hasta donde lo somos, los argentinos del Bicentenario?
De la retorta colonial, aquella gigantesca aleación, compuesta con españoles, indios y negros, se nos enseñaba que salió una primera colada de “mestizos”, “mulatos” y “zambos”.

Luego el alambique produjo una destilación secundaria de “criollos”, “morenos”, “pardos”, “tapes”, “gauderios” y “mancebos de la tierra”, de los que un corresponsal obsecuente informaba al Rey de España: “van poco a poco desvergonzándose, y aún tienen en menos a los españoles de Castilla”.

Se matizó la amalgama con una pizca de “portugos” y “macacos” (lusitanos, caboverdenses y brasileros), una tenue aspersión de “carcamanes” (franceses y francófonos) y otra pizca de “ingleses” que incluía irlandeses, galeses, escoceses, americanos del norte, y algunos suizos.

Antes de fraguar este material fue evidente que no alcanzaría para llenar el enorme contenedor y se les añadió la misma cantidad de otra mezcla.

Un conglomerado compuesto de “tanos”, “vascos” y “gallegos”, “turcos” (sirios, drusos, libaneses, kurdos, armenios, búlgaros, griegos, judíos sefardíes, y otros morenos surtidos); “rusos” (todos los eslavos, alemanes propios y del Volga, austro húngaros, judíos asquenazíes y otros rubios surtidos), “Gringos” sin especificar (daneses, otros nórdicos, holandeses, boers).

Sin saber como, accidentalmente, un ingrediente de “gitanos” de diversas procedencias, cayó en la caldera.

La receta de los hacedores del frangollo comprendía: “Todos los hombres del mundo de buena voluntad que quieran habitar el suelo argentino” menos “indios salvajes” y escurriendo de la mezcla, con la espumadera de la “Ley de Residencia” a anarquistas, socialistas y extranjeros de ideas avanzadas por protestones.

Tras largo hervor, en una revulsión de este magma, el interior del contenedor regurgitó “una masa alpargatera y maloliente”, un “aluvión zoológico” de “cabecitas negras” (muchos eran nietos de colonos, gringos pauperizados, más rubios tal vez que sus calificadores y algunos hasta eran calvos, pero igual eran los “pelo duro”), reforzados por “gente de los países limítrofes” y grupos indígenas de “collas” en busca de protagonismo, dignidad y derechos.

Se trató de equilibrar la mezcolanza con otra porción de europeos, refugiados de la Segunda Guerra, pero resultaron diluidos con nuevos aportes masivos de “hermanos latinoamericanos”, y llegamos a los toques finales: una incipiente corriente del Lejano Oriente, iniciada por “tintoreros japoneses”, luego vietnamitas, taiwaneses, coreanos del sur que reemplazan a los “gauchos judíos” que venden sus comercios “del Once” para irse a Israel.

Amagan venir y no concretan, franceses colonialistas de Argelia.

Ahora soviéticos y europeos orientales: los chinos continentales increscendo.

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