Haciendo camino al andar se llegó al Bicentenario

Por primera vez emitimos emigrantes argentinos a Europa, EE.UU. y Australia, la “fuga de cerebros” que le dicen. Además los pueblos originarios nos reclaman su lugar bajo el sol.

Y así.. Despegándonos penosamente (algunos sectores con notoria mala gana) de la última dictadura genocida… ¡Llegamos al Bicentenario!
¡Que multifacética va resultando esta mezcolanza cultural! Pero ¡que entrañablemente humana! promete ser cuando supere las secuelas de soberbia y autoritarismo, las propias y las inculcadas por interesados de afuera y “cipayos” de adentro, que aún la afligen.

¿Cuál será el resultado? Intento vislumbrarlo con la simple introversión en mis recuerdos personales y familiares, apoyado en las muletas de la literatura, seguramente por mí mal asimilada.

¿Hasta donde es gringo un inmigrante?

¿Hasta donde es criollo un argentino?

He tratado con compatriotas de las más rancia prosapia patricia, que parecían “maturrangos” recién llegados.

Conocí nativos, que deliberadamente eliminaron hasta el nimio detalle autóctono de su personalidad, su indumentaria y sus hogares, porque no querían ser confundidos con “paisanos atrasados”.

Compensatóriamente, también extranjeros que mostraron pasión por la tradición nativa, con la que se identificaron, haciéndolo con comprensión y respeto, que les evitó caer en el “cocolichismo”.

Cabalgando una vez de chico y con caballo prestado, aquí en Chaves, fui a visitar a mi abuelito español, para muchos un “gallego” que vivía en esa época en su casa quinta.

Cuando até el caballo, el abuelo me retó: “Hijo ¿Cómo atás así tu caballo? ¡Que te van a tomar por gringo! Y me enseñó a hacer un nudo.

Volví a la estancia de amigos a devolver el caballo y lo até en el palenque del corral. Me miraban, traviesos, unos paisanitos de mi edad, con la picardía que les “achinaba” los ojitos renegridos.

Me florie con el nudo.

Salió un paisano muy viejo y les dijo: “Aprendan muchachos como se ata.

¡Potreador con rosa doble na’ menos!

¿Dónde aprendió ese nudo, mocito? Hace años que no lo veo usar.”

Dije con orgullo: Me lo enseñó mi abuelo.

Su abuelo debe haber sido muy gaucho, amiguito.

Lo dejé en su error.

Yo conocí la casona de mi bisabuelo italiano, en el viejo Buenos Aires, donde vivía su viuda.

Me llevó mi padre, allá por 1934 en que fui a visitar a “la Nona”, mi bisabuela, una viejita amorosa, arrugadita como una pasa de uva.

Reposaba en un sillón de mimbre en el amplio patio colonial, en el que decía que supieron cantar Gabino Ezeiza y José Bettinoti, y contaba mil tradiciones de los barrios de Belgrano y San Telmo.

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