Hospital y sus Precursores

Semblanza de los Médicos y del Ejercicio de la Medicina en la localidad hace 50 años

Escribe el Dr. FELIPE GOYA

 

El Cuerpo  Médico estaba constituido por orden de antigüedad en el pueblo por los siguientes médicos: doctores Federico E. Dori, Juan Tintori y Carlos Audino, todos ellos fallecidos ya.

Los tres eran jóvenes y los dos primeros iniciaron su carrera en la localidad. El doctor Dori se instaló en el año 1914 siendo aún estudiante, pues las Leyes autorizaban a ejercer a los estudiantes de los últimos años en los lugares donde no había médico recibido. A mediados de año 1925, se agregó el doctor Felipe Goya, recientemente egresado de la Facultad de Medicina de Buenos Aires. Todos ellos eran médicos generales prácticos, con excepción del doctor Juan Tintori, que era discreto cirujano.

En esta época la localidad de Gonzales Chaves carecía de un establecimiento asistencial, y con el nombre de Sala de Primeros Auxilios desempeñaba esa pretendida función un pequeño hospital. Esta sala ocupaba cuatro habitaciones en el interior del local de la Comisaría Policial. La habitación que comunicaba con la calle por medio de una puerta hacía de consultorio y de quirófano, en ella no había luz, instrumental ni material sanitario. Las otras tres habitaciones estaban ocupadas por un par de camas cada una, las que eran utilizadas por enfermos graves y moribundos. esta sala se hallaba a cargo de un médico, llamado médico municipal, quien además tenía la misión de asistir a los enfermos indigentes del pueblo, quienes debían proveerse en la Municipalidad de una tarjeta de asistencia. Esta asistencia se hacía siempre a domicilio.

La sala tenía una señora que oficiaba de enfermera, y se ocupaba del cuidado de la misma y de la atención de los asilados.

El Hospital Municipal de Tres Arroyos estaba subvencionado por la Municipalidad de Gonzales Chaves, y allí se enviaban los enfermos graves y sobre todo los quirúrgicos, pero ocurría con alguna frecuencia que no se disponía de medios para transportarlos, y otras veces los caminos no permitían por su mal estado el traslado del enfermo. También solía ocurrir que después de salvar tantos inconvenientes el enfermo era devuelto por carecer de plaza el Hospital de Tres Arroyos.

En estos casos extremos era cuando se utilizaba la sala de operaciones; reuníanse los tres o cuatro médicos, se traían gasa y cloroformo de la farmacia, se quemaban con alcohol los instrumentos que llevaban los mismos médicos y se formaba el equipo quirúrgico. El doctor Tintori era siempre el cirujano si se trataba de cirugía mayor, un colega hacía de ayudante, el tercero era anestesista, y el cuarto, cuando lo había, de enfermero; a veces colaboraban también los empleados de la comisaría. En esta forma se realizaron en esta sala operaciones de cirugía mayor como ser, cesáreas, embarazos ectópicos, peritonitis post apendiculares, hernias estranguladas, quistes hidatídicos supurados y otras operaciones menores, la mayoría con éxito.

También es justo rendir homenaje recordatorio a las meritorias parteras quienes atendían todos los nacimientos a domicilio, y la mayoría en los ranchos de las orillas. La natalidad de aquella época era mayor que ahora, en el año 1925 nacieron en Gonzales Chaves 362 niños y en el año 1965 nacieron sólo 186 niños.

La Municipalidad pagaba quince pesos por parto de mujer pobre y la partera, después de atenderla durante los últimos meses del embarazo, pasaba una noche o dos, durante el parto, al lado de ella, en un rancho sin confort, sin calor, y muchas veces sin una taza de café. Con todo esto, algunas de estas meritorias parteras cuando le tocaba actuar en medios muy pobres, llevaba de su propio peculio el ajuar para el recién nacido, confeccionado por sí misma en los ratos desocupados. Por tales sacrificios en beneficio de la humanidad, son merecedoras de que se les brinde un recordatorio homenaje. Por orden de antigüedad en el pueblo, nombremos las más conocidas de ellas: Doña Ydilia, Doña Arseña, Doña Blanca y Doña Leonarda. Las dos primeras ausentes de la localidad, y las dos últimas en actividad aún en la misma.

En franca competencia con los médicos y la medicina, actuaba don Ignacio Raninqueo, famoso manosanta de Tres Arroyos, de origen Indio Ranquel, a quien se daba el nombre de “Asistencia”. Visitaba con regularidad y periódicamente nuestro pueblo, y su venida era recibida con entusiasmo e interés por una parte de la población. Ocupaba una cómoda y espaciosa casa atendida por una señora de oficio de secretaria. Su llegada constituía un acontecimiento grande entre sus adeptos. La casa poseía amplios salones en los que sentados en largos bancos se ubicaban los “hermanos”, así llamados entre sí los concurrentes. El manosanta les pasaba la mano por la cabeza pronunciando “en el nombre de Dios y de la madre María”, y todos ellos se sentían mejorados. Esta numerosa clientela estaba formada por desahuciados, histéricos, sugestionados y enfermos imaginarios. Ningún médico se sintió molesto por la actuación de este personaje, porque no recetaba ni cobraba honorarios, y cuando veía un enfermo real le aconsejaba ver un médico, y de esa forma aliviaba a los mismos del tiempo inútil q hubiera tenido que dedicarles a falta de él.

La vida de los médicos igual que de las parteras era muy dura. La falta de un Hospital hacía que la asistencia totalmente fuera a domicilio, la mayor parte a las orillas, la vivienda o los ranchos se hallaban desperdigados, y para llegar a ellos los caminos eran malos, casi intransitables en el invierno, para colmo existían miseria, vicios y promiscuidad. En esos ambientes la morbilidad y la mortalidad eran enormes. Las epidemias de fiebre eruptivas, coqueluche, parotiditis y las gripes segaban a la niñez. La tuberculosis era endémica en la zona, diezmaba a la juventud, como las enfermedades catarrales y bronquiales, daban cuenta de los viejos.

Ante tanta calamidad el médico se hallaba inerme; toda su farmacopea se reducía a bebidas expectorantes, cataplasmas, ventosas y algunas inyecciones de aceite alcanforado y cafeína.

A fines del año 1928, se habilitó el Sanatorio San Roque, inaugurado por los doctores Juan Tintori y Felipe Goya. Este acontecimiento médico, cambió algo el panorama sanitario de Gonzales Chaves. Estaba dotado de servicio de Rayos X y de algunos aparatos de fisioterapia, como ser diatermia, de rayos ultravioletas; una completa sala de cirugía con su instrumental, como así también una mesa completa de ortopedia. Tenía veinte camas para internación, cooperaban todos los médicos locales, venían también médicos especialistas y cirujanos de Buenos Aires.

En el año 1939 se habilita el Hospital Regional Anita Elicagaray, y con ello se inicia una nueva era para la sanidad de GOnzales Chaves. Ya en el año 1930 estaba construido y fue inaugurado en esa fecha, pero no pudo ser habilitado hasta octubre de 1939, llenado con ello, una necesidad angustiosa. Por su carácter de Regional sus beneficios alcanzaron una extensa zona de la provincia de Buenos Aires. Se habilitó con 70 camas para clínica y cirugía, además de maternidad, sala de niños y de infecciosos. Disponía de Farmacia y Laboratorio al frente de los cuales se hallaba un reputado Bioquímico, Poseía un gabinete de radiología y fisioterapia, al frente del cual se encontraba un eximio técnico y las radiografías que sacaba, no desmerecían en nada a las de los mejores radiólogos.

El doctor José Torchiari recibido pocos años antes, hijo de Gonzales Chaves, fue su primer director. Simultáneamente con la apertura se radicaba en la localidad el doctor Pedro Quiroga quien fue nombrado Jefe del Servicio de Cirugía y la señora Leonarda de Harislur Jefa de la Maternidad. Los dos médicos nombrados, Torchiari y Quiroga, consiguieron formar un cuerpo de enfermeras disciplinado, voluntarioso e idóneo. La mayor parte de estos enfermeros, varones y mujeres, eran vecinos de Gonzales CHaves y solamente unos pocos vinieron de Buenos Aires, que sirvieron de maestros a los locales. Este eficaz cuerpo de enfermeros contribuyó al éxito de la labor de los médicos.

El doctor Torchiari se caracterizó como director correcto, laborioso y sereno; el doctor Quiroga además de su dinamismo se reveló como organizador, progresista, estudioso y tesonero, además de gran entusiasta de la cirugía. En esa época se instalaba otro colega, el doctor Néstor S. Etchevers, que venía precedido de fama de buen especialista en otorrinolaringología y quedó constituido el cuerpo médico de Gonzales Chaves por los doctores Torchiari, Quiroga, Goya y Etchevers, los únicos que quedaron definitivamente. Poco tiempo después de la apertura del Hospital fallecieron los primeros médicos del pueblo, doctores Tintori y Dori; Carlos Audino se había alejado del pueblo años antes. Por fallecimiento del doctor Tintori el doctor Quiroga ocupó su plaza en el Sanatorio San Roque y le dio un ritmo más moderno, cambió su nombre anterior por el de Clínica de Mayo en homenaje a los famosos americanos Hermanos Mayo. Estos dos servicios bien organizados y administrados crearon e Gonzales Chaves un prestigiado centro médico y quirúrgico que hizo que si antes muchos enfermos iban a los pueblos vecinos a buscar alivio a sus males ahora venían en cantidad mayor de los pueblos vecinos y de los lejanos atraídos por la fama de los médicos de Gonzales Chaves y de sus centros hospitalarios. Llegó un momento en que hubo que rehabilitar la sala de primeros auxilios de la Comisaría por que el Hospital y el Sanatorio no daban lugar para tantos enfermos.

Estas notas no serían completas si olvidáramos al recordado y bien querido médico de De La Garma, Víctor H. Barrera, quien era oriundo de Las Flores y se instaló en De La Garma como único médico en el año 1922 habiéndose recibido en el año 1921. Este médico ejerció su profesión con verdadera devoción hasta su fallecimiento ocurrido tempranamente. Era querido por todo el pueblo como médico y como caballero. De La Garma no ha olvidado rememorando su recuerdo dando su nombre a una Biblioteca Pública.

Sólo queda rendir un homenaje a los fallecidos en Gonzales Chaves: Juan Tintori, Federico E. Dori y Pedro Quiroga que fueron verdaderos mártires de su profesión.

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