Dos niños chaveros de 8000 años

Nuestra gente decía haber venido de una cueva de la Patagonia… ¡Vaya a saber cuando!

Ahora alternaban sus campamentos, entre los que en un remoto futuro (hoy nuestro presente) llamaríamos “Laguna de los Tres Reyes” y laguna “La Larga” en el actual partido de Gonzales Chaves.

En esta última tenían el cementerio del grupo, porque no querían sepultar sus deudos en el del “Arroyo Seco” (partido de Tres Arroyos) donde lo hacían las hordas vecinas, con las que estaban enemistados, debido a que éstas les tenían cortado el paso al mar, bajando por el Claromecó, con lo que impedían sus correrías del verano.

Por eso ellos trazaron su rastrillada propia costeando por lo que después se llamaría Huinca Lan Leubú y mucho más tarde, “Arroyo Cristiano Muerto”. En su desembocadura tenían su “veranada”.

Los hombres cazaban guanacos y ñandúes por los médanos y nutrias, coipos y carpinchos en las lagunas costeras (albuferas).

Las mujeres se proveían de huevos, pichones y plumas de aves acuáticas, con gran alboroto y colaboración de los niños.

Recorrían las playas marítimas: los varones cazaban lobos marinos, por el cuero y la grasa, y ellas, con la chiquillería, recolectaban almejas y cantos rodados y en los médanos obtenían el sabroso tucu-tucu que salado y tostado o ahumado conservaban por un tiempo.

Pero sobre todo, atesoraban las preciadas conchillas y caracolitos, para la confección de joyas femeninas, entonces de moda… como el collar, las pulseritas, y las ajorcas para las piernitas, que lucía la pequeña Ch’Avelita.

Su hermanito Ch’Avito, en cambio, se daba ínfulas, porque había conseguido de su admirado padre la posesión prematura del collar de colmillos de zorro, emblema de los cazadores de su estirpe, por supuesto sin que lo supiera Urrecalcú (brujo amargo) el viejo chamán, ya tan desmemoriado que nunca se acordaba en que luna decretar su ceremonia de iniciación.

Durante estas caminatas en “fila india”, mujeres y niños cargaban los enseres, palos y pieles de los “paravientos” (precursores de los futuros toldos). Marchaban por rutas fijas, por cortos tramos, con paradas pre establecidas, con aguadas y leña seguras y donde habían dejado enterrados, en excursiones anteriores, los objetos más pesados para su uso en el lugar. Depósitos de bolas para repuesto, núcleos de cuarzo para los cuchillos y puntas y percutores, morteros y manos de piedra, aligerando así el bagaje.

Al anochecer cenaban, cantaban, bailaban, conversaban, compartiendo la hoguera comunal en la que quemaban algunas matas de paico, con cuyo humo alejaban los mosquitos.

No existía el caballo doméstico pero eran todos grandes caminadores y ligerísimos corredores pedestres. (Había especies de caballos americanos, pero sólo se cazaban para comer; se extinguieron antes del “descubrimiento”).

Los varones del grupo partían antes del amanecer, marchando entre tinieblas. Formaban un semicírculo que a la salida del sol, cuando ya venían andando las mujeres, cerraban sobre un costado de la línea recta de la caravana en marcha, acorralando así y atontando a los animales en fuga, que cazaban con las boleadoras.

Todo entre los gritos y la algazara de mujeres y niños que capturaban alguna pieza, que asustada o herida encaraba sus filas.

Alguna vez hacía un desparramo entre ellas; algún puma, que dormido había “caído en la mangueada”, pero era pronto abatido por el dardo infalible de alguno de los ancianos, que no siendo ya aptos para correr, se encargaban de la seguridad de la caravana femenina.

Ahí hacía sus primeras armas Ch’Avito, al que pese a sus pedidos, Urrecalcú todavía no autorizaba incorporar al grupo de cazadores adultos de su padre.

Por ahora lo conformaban “encomendándole” con los otros muchachitos ayudar a los abuelos a “proteger” a las madres y hermanas.

A largos intervalos, hacían una expedición mayor hasta las Sierras dela Ventanay las salinas y montes del Oeste, para obtener sal con que conservar la carne (charqui). Abastecidos de distintos tipos de piedras para la confección de cuchillos, hachas, puntas, raspadores, manos y morteros, bolas, pedernales para obtener el fuego, ocre y otras pinturas minerales, pieles para quillangos y paravientos, ramas de arbustos grandes para postes, estacas, varas y utensilios de madera, hierbas medicinales… retornaban a su centro semipermanente dela Larga donde estaba su cementerio ancestral, donde a veces transportaban los restos, descarnados por Urrecalcú, auxiliado por dos viejas “machis”, de algún fallecido durante el viaje para su entierro secundario.

Otras veces se iban a las Sierras dela Tandilia, corridos por largas sequías o presencia de hordas más agresivas;  alguna vez llegaron a la selva en galería de la costa platense donde consiguieron bellas  pieles de jaguar y recolectaron vainas de algarrobo.

Durante estas peregrinaciones entraban en contacto con otros grupos con los que efectuaban intercambios matrimoniales, ceremonias colectivas, incorporación de otros individuos, trueque de objetos materiales y culturales: noticias, relatos, mitologías, vocabularios de otras lenguas, técnicas diferentes, etc.

Para poder mantenerse juntos por algún tiempo, las bandas reunidas se valían de la caza colectiva de algún enorme megaterio o del milodón, cuyas carnes consumían en opíparo banquete (no es casual entonces que los argentinos actuales nos mandemos nuestros buenos asados, en similares eventos). Al tiempo que las mujeres, intercambiaban técnicas de cestería y trenzado durante estos contactos grupales que habían producido ya un cambio en los usos y costumbres.

Cada vez más, la gente joven estaba incorporando el uso del arco y la flecha, suplantando al dardo y palo arrojadizo con la eficaz bola, especializándose en el guanaco, el venado y el ñandú, y abandonando gradualmente la caza de la mega fauna.

Por otra parte, ésta ya no abundaba y estaba sujeta a complicados rituales y supersticiosas creencias mantenidas por los grupos más conservadores de los que era decano el viejo Urrecalcú.

De tanto en tanto, les imponía alguna excursión al Mulvún Leuvú (el Río Quequén Salado) lo que no agradaba a los cazadores porque a la mala calidad del agua potable y la molesta plaga de tábanos y jejenes de sus riberas, se sumaba que siendo lugar de caza de la gente del Cementerio de Arroyo Seco, más numerosa que ellos, los exponía a reyertas desfavorables.

El objetivo del chamán era proveerse de trozos de corazas de gliptodonte (algunas muy antiguas) que habían muerto al precipitarse de las barrancas o empantanados en las crecidas del río.

Las placas de estas armaduras le eran imprescindibles porque debía usarlas en el ajuar funerario de sus muertos y otros usos ceremoniales.

Por los cañadones cercanos a los pagos chaveros de la laguna La Larga, merodeaba aún un viejísimo gliptodonte, de la especie “dedicuro”, la de mayor tamaño del género, y con la cola armada de púas.

Prohibido de cazar, y aún de arrimársele, declarado “tabú” bajo pena de terribles maleficios impuestos por el brujo, que pretendía que el “glipto” era el antepasado de su clan y que le comunicaba sus agüeros.

Siempre estaba vigilando que no se le acercaran.

Pero de una reciente junta grande de brujos, que hicieron en el “Pillán Huincul” para intercambiar experiencias mágicas y amuletos con unos hechiceros de lejanas tierras norteñas (como lo que hoy sería un “Congreso Internacional de Psicología”) se trajo Urrecalcú parala Larga, mediante el trueque de sus placas de gliptodonte, una tableta de piedra de factura zoomorfa, un tubo de hueso de cóndor, un bolso de cuero (chuspa) repleto de hierbas mágicas.

Al quemar las hojas sobre la tableta se producía un humo estupefaciente que aspiraba por el canuto de cóndor, proporcionándose largos sueños para hablar con los espíritus.

Los juguetones hermanitos -chaveritos prehistóricos- pronto se “apiolaron”, perdón, notaron, esta nueva conducta de “Amargo Brujo” y aprovecharon sus viajes al inframundo donde sumido en un largo sueño hipnótico descuidaba por completo la custodia del “glipto” sagrado.

El atrevido Ch’Avito, futuro gran cazador, y su no menos intrépida hermanita Ch’Avelita, tenían una curiosidad acuciante por el enorme bicho, y aprovechando estos descuidos de su guardián se aproximaron para verlo de cerca.

Incluso intentaron cazarlo varias veces, pero los pequeños dardos que le arrojaban rebotaban en su coraza, y el viejo animal ni se daba por enterado de su presencia… seguía mascando las raíces de los junquillos del cañadón, que lento, iba extrayendo con las uñas.

Esta pasividad aumentó la audacia de los pilletes que se atrevieron a tocarlo, sin reacción del animal, con lo que pronto ideó el varoncito treparse sobre el caparazón, y ayudando a la hermanita, se instalaron sobre el lomo de “glipto” que ¡Ni se movió!

Pero en cuanto se les ocurrió patalear sobre la cáscara, el decrépito armadillo comenzó a girar sobre sí mismo con velocidad insospechada, teniendo los chicos que aferrarse a las placas para no ser arrojados al suelo y ser despanzurrados por las uñas o aplastados por la cola en forma de maza, que en la punta tenía agudas púas corneas.

En su inconciencia infantil, en vez de atemorizarlos, estos movimientos giratorios les causaban una gran diversión.

La columna vertebral o espinazo de los “glipto”, al seguir la curva de la arqueada caparazón, hace que ambas cinturas, la pélvica y la escapular, se encuentren muy cercanas, y esto les permitía girar velozmente sobre sí, y usar la cola en forma de maza al tiempo que las filosas uñas iban cavando una depresión circular al suelo, en el que firmemente adheridos y semienterrados, permanecían inmóviles, constituyendo una verdadera fortaleza, invulnerable por el dorso y por la panza, que aunque carecía del plastrón ventral que tienen las tortugas, quedaba sepultada y la mantenía pegada al suelo.

Con esto se disuadían los depredadores, que perdían su tiempo y arriesgaban recibir un mazazo de púas de la cola.

Pronto se dieron cuenta nuestros amiguitos que si aguantaban sin caerse hasta que “glipto” se quedara quieto, podían bajar sin peligro.

En días sucesivos, capitaneando a otros compañeritos a los que indujeron, aprovechaban los trances hipnóticos de Urrecalcú y se escapaban a buscar al vetusto “glipto” que parecía haberse familiarizado con ellos, y practicando el nuevo juego, se hacían la gran farra.

Fue así como los chaveritos prehistóricos ¡Inventaron la calesita!

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