La escuela que llegó en carreta

1888: Hacía sólo una década que la legendaria resistencia del hijo de las pampas había enmudecido el ulular de sus guerreros.

Hacía sólo dos años que el silbato de la locomotora reemplazara su alarido de pelea.

La gesta heroica no era aún historia ni leyenda, sino noticia todavía comentada en pulperías y fogones, y sus protagonistas recientes se adivinaban en ese puestero gaucho, antiguo fortinero, o en aquel resero cobrizo e inescrutable ex capitanejo catrielero.

Ahora se comenzaba a alambrar, se estaba poblando, tendiendo vías y telégrafos, pero para la Capital y más aún para Europa, la campaña bonaerense seguía siendo “esa pampa misteriosa todavía para el hombre”…

Necesariamente habían de ser de la estirpe del Quijote, y en efecto de Castilla la Vieja procedían, la pareja de maestros y su pequeño hijo que ese anochecer de 1888 quedaron en el solitario andén de Benito Juárez mientras la locomotora retornaba al Tandil al faltar pasajeros para Tres Arroyos.

La mañana siguiente sorprendió a aquel niño viajando con sus padres en una tropa de carretas.

Tal vez sus ojos infantiles, que ya habían contemplado las inmensidades del Océano, no extrañaron tanto este otro mar de pastos que cruzaban y en cambio se deleitaron en las gambetas del ñandú y en el triscar de las gamas que huían a su paso.

Siendo él anciano, y niño quien escribe, solía contarme de ese viaje, en que tuvieron que detener la marcha, sorprendidos por una nube de langostas, gigantesca manga que pasó durante horas, obligando a desmontar a los jinetes.

Llegaron al fin a la antigua estancia “Santa Teresa de Casenave”, entonces partido de Juárez, hoy Gonzales Chaves.

En ella se instaló la escuelita rural donde don Francisco tenía a su cargo la enseñanza primara y doña Doraciana la de dibujo y labores de costura, para los niños y niñas de las familias de estancieros de la colectividad vasco-francesa que poblaban esos campos y que para ello los habían contratado.

La enseñanza la hicieron extensiva a los niños criollos e indígenas de los puestos y estancias del vecindario.

Funcionó muchos años en “Santa Teresa”, alternando a veces en “San Hipólito” de Berducq.

Si otras investigaciones no lo contradicen, a la fecha, ésta es la primer escuela y los primeros maestros de lo que es hoy jurisdicción chavense.

La actual escuela rural de ese paraje es la auténtica sucesora de ese primer reducto del saber.

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