La cocina de Evita

Fue don Amaranto Trejo, nacido y criado en una estancia de una compañía de tierras, en el suroeste bonaerense en el deslinde con La Pampa, encargado de un puesto en el que pasó media vida, casi sin salir más que unos pocos días cada ponchada de meses hasta el pueblito más cercano, en el que había comprado, por pocos pesos, un lote de tierra.

Era ese lote un gran baldío cercano a la playa de la estación que de a poco, había cercado con postes viejos, alambre y torniquetes usados que pidió en la estancia.

También puso una bomba de agua y plantó unos sauces para sombra para los caballos de su tropilla o del sulky cuando venía al poblado.

Siempre pensaba levantar un rancho, para el día que pudiera, con su familia, venirse a vivir al pueblo.

Pero quiso la suerte que repentinamente enviudara, y ocupado con la atención de sus hijos, disminuyera algo la actividad exigida, por lo que el administrador, diplomáticamente, le pidió la entrega del puesto.

Fue así que levantó, al fin, el rancho de barro en su potrero, al que se trasladó con sus ocho caballos, sus cuatro perros y un cuzco, una lechera que había criado guacha “la finadita”, un casal de pigmeos y otras pocas gallinas.

Necesitado de una compañera que le ayudara con los chicos, terminó “arrimándose” con una criolla de su edad, doña Pastora Sanabria, que le aportó además de su gato, su loro, sus patos, gansos y gallinas, un enjambre más de hijos, entenados, nietos y ahijados.

Convivían todos en armonía en el rancho, al que le agregaron más habitaciones.

Se cocinaba en el fogón y en el brasero a carbón de leña, y en el calentador “Primus”, que aportó doña Pastora, que también usaban como estufa, en noches de heladas.

A Don Amaranto, en su robusta madurez, madrugador y activo, nunca le faltaron changas con sus caballos en los remates-ferias, y arreos, así como esquilas, alambradas, y en la estiba de cereales, en la lindera playa ferroviaria.

En el minúsculo sindicato de Estibadores del pueblito, varias veces lo defendieron de algunos aprovechadores que no le pagaban lo justo por sus tareas. Por eso, don Trejo comenzó a asistir a las asambleas de los domingos, y aunque no sabía leer ni escribir, por su seriedad, conocimiento de las tareas y hombría de bien, lo designaron delegado de la rama de Trabajadores Rurales, cargo que desempeñaba con el orgullo y la dignidad de un comandante de frontera.

También empezó a sentir una fervorosa adhesión a ese coronel Perón que comenzaba sus primeros pasos en la Secretaría de Trabajo. Más tarde, a través de la “radio a baterías” de doña Pastora, escucharon sus discursos y los de Evita, a la que adoraron con fervor casi primitivo.

Un día llegó desde el pueblo cabecera del partido, el Secretario General del Gremio, al que recibieron en Asamblea en la pequeña seccional local.

El visitante era para don Amaranto un personaje tan importante que al dirigirle la palabra creyó correcto darle el trato de “señor”.

El enviado, que era el famoso “Cholo Taboada”, lo aleccionó: “Señor no; compañero. Yo sólo soy un simple estibador, en desempeño de una misión gremial transitoria”.

“de la Federación nos mandaron una nota, para que los compañeros elijan delegados; por los estibadores me han elegido a mí, y los tienen que elegir aquí: uno por la estiba, que podría ser el “Manchado Rodríguez” y por los trabajadores rurales todos los compañeros estamos de acuerdo en que tiene que ser usted.

One thought on “La cocina de Evita

  1. Eduardo Caru, mi abuelo, fundó la casa Carú importadora de maquinas de panadería en general y de amasar en particular (Máquinas Pensotti). Cuando murió, en 1944, lel comercio se vendió con nombre y todo a unos hermanos Rodríguez que en lugar de importar máquinas de amasar empezaron a fabricar cocinas, y luedo otros aparatos domésticos.
    Es verdad en guaraní “carú” significa mas o menos ” a comer!!!”

Dejá un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *