La cocina de Evita

La designación es para ir a Buenos Aires con todos los gastos y pasajes pagos, para asistir a una clase de sindicalismo en la C.G.T. que dictará Perón en persona, y es probable que también veamos a la compañera Evita”.

Fue por este motivo que viajaron un grupo de sindicalistas del sur bonaerense a la ciudad. Algunos de ellos, como en el caso de don Amaranto, por primera vez en su vida tuvieron la oportunidad de conocer la Capital Federal de su patria.

Por una superposición en la agenda presidencial, Perón no pudo impartir esa ocasión su clase magistral, presentando sus disculpas a los asistentes por medio de un alto funcionario.

Y fueron alojados en una suntuosa dependencia de la Fundación Eva Perón, en cuartos para dos personas, con teléfono interno. El Cholo Taboada compartía el suyo con el Viejo Trejo, quien después de la gran caminata para conocer la ciudad, se había sacado las botas y con los pies ampollados descansaba en una de las camas.

De pronto el timbre del teléfono que estaba en su mesa de luz lo sobresaltó y le pidió al Cholo que lo atendiera, porque él no era muy “baqueano” para eso.

Tomó el teléfono Taboada y le dijo:

¡Don Amaranto! ¡Es el general Perón que quiere hablar con usted!

Con tremenda batata, el viejo Trejo tomo el tubo, auxiliado por el Cholo, escuchó que Perón le decía:

-¡Como le va, don Amaranto! Y doña Pastora, ¿como anda del reumatismo? Digale que dice Evita que se cuide, que no ande tomando frío.

Bueno, disculpe que no lo pueda atender, usted sabe el trabajo que da gobernar. Pero digame… ¿siempre tiene el tobiano viejo? Si por ahí me hago tiempo, vamos a ir con Evita a comerle un asado a su rancho…

Sí, mi general” sólo atinaba a balbucear el viejo…

En el cuarto de al lado, descompuestos de risa, los otros delegados rodeaban el teléfono, desde donde el Flaco Suárez imitaba la voz de Perón a la perfección:

-Bueno, don Amaranto, tengo que irme a gobernar… Aproveche y pidame lo que quiera, ya que estamos.

-Gracias mi general, no preciso nada.

-Vamos, no se me quede corto…

-No general, yo lo apoyo de corazón, sin interés.

-Pero pida compañero, que para eso estamos los presidentes.

-Bueno general… ya que insiste… pero para mí nada, para Pastora… No sabe lo bien que le vendría una cocina Carusita, porque ella usa el calentador Primus, y yo tengo miedo que se queme, porque no sabe bombearle la presión…

-Pero sí compañero, ahora le encargo a Evita que le mande una. Cuando llegue a su casa nomás va a recibir la encomienda.

Bueno adiós, y no me ande tomando frío usted tampoco cuando se va después de cenar a jugar al truco al boliche del Vasco…

Salúdemelos por mí al Cholo, al Flaco Suárez, a Pedro Montero y al Manchado Rodríguez, digales que disculpen que no los pude recibir.

El pobre viejo les contaba, como en un sueño… “¡Como sabe el general todo lo que pasa!.. ¡Y Evita dijo que le va a regalar una Carusita a la vieja!

One thought on “La cocina de Evita

  1. Eduardo Caru, mi abuelo, fundó la casa Carú importadora de maquinas de panadería en general y de amasar en particular (Máquinas Pensotti). Cuando murió, en 1944, lel comercio se vendió con nombre y todo a unos hermanos Rodríguez que en lugar de importar máquinas de amasar empezaron a fabricar cocinas, y luedo otros aparatos domésticos.
    Es verdad en guaraní “carú” significa mas o menos ” a comer!!!”

Dejá un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *