La cocina de Evita

Como la delegación tenía tren de vuelta recién a la madrugada siguiente, dejaron a don Amaranto descansando de las ampollas de las botas al cuidado del Cholo y salieron a dar una vuelta.

Los comentarios y las risas por la broma gastada a don Trejo fueron disminuyendo y dieron paso a una sensación de remordimiento.

-Vos Flaco, sos un hijo de tu madre. ¡Pobre viejo! Está creído del cuento de la cocina, y lo peor que la va a ilusionar a la Vieja… ¿Qué va a pasar cuando no les llegue nada?

Al final, como casi siempre, la solución la aportó el buenazo de Pedro Montero. Hicieron una colecta, poniendo la mayor parte también como siempre Pedro, y le compraron la cocina en una casa del ramo.

El Manchado Rodríguez se consiguió en los depósitos de la fundación unos precintos y cajas de embalaje, y como él se quedaría unos días en la Capital, por unos trámites, se encargó de despachar la encomienda a la dirección de don Trejo.

Pocos días después, en el pueblecito, don Amaranto y doña Pastora exhibían orgullosos “la cocina de Evita” a los vecinos.

El enjambre de hijos, nietos y entenados, en la escuelita, alardeaban ante los otros niños: “a la abuela Pastora, Evita y Perón le mandaron una Carusita”.

Pero resulta que el Manchado, que también tenía un montón de hijos, había contado en familia la travesura, y los chicos, que escucharon la conversación de los mayores, se trenzaban en los recreos con los de Amaranto: “la cocina no se la mandó Evita. Se la compraron Montero, el Cholo y mi papá”

La maestra y la portera no daban abasto para separar las peleas que se armaban.

 

No mucho tiempo trascurrió que gradualmente pasó Evita a la inmortalidad, y después doña Pastora y don Amaranto, se marcharon a acompañarla en el cielo de los buenos peronistas.

En el pueblito seguía el alegato por el origen de la “Carusita”.

Esta era conservada como una reliquia entre la fotografía de Evita y la de Amaranto y Pastora, por los nietos y bisnietos, que los aniversarios de los fallecimientos, y el 17 de Octubre, le prendían unas velas.

 

Entre el torbellino de golpes de estado y luchas que se sucedieron, durante una breve calma, se presentó una efímera oportunidad de ejercer democracia sindical, y en un congreso sin matones, fui elegido delegado regional, con Pedro Montero como subdelegado, para los Estibadores y Trabajadores Rurales de la mitad sur de la provincia de Buenos Aires.

En una de las giras que tuvimos que realizar, reconstruyendo las seccionales, llegamos al pequeño sindicato, que había subsistido por inercia.

Al término de la Asamblea de reorganización, se acercó a Pedro Montero un fornido paisano, grande como un ropero, y le dijo:

Soy nieto de Amaranto Trejo, y para nosotros, lo que usted diga es palabra santa. Así que aclárenos: Evita le mandó la cocina a mi abuela, o es como dicen los Rodríguez, que la compró usted con el finado “Manchado”

¿Qué podía contestar el pobre Pedro, ante el dilema planteado? Meditó un poco, y al fin dictaminó sabiamente:

La cocina es regalo personal de Evita, lo que pasó que ella estaba ocupadísima y nos encargó que la fuéramos a comprar, pero el “Manchado” no vio cuando Perón me devolvió la plata, y se creyó que la pagué yo”.

Y así se puso fin al entredicho que separaba a las dos laboriosas familias.

One thought on “La cocina de Evita

  1. Eduardo Caru, mi abuelo, fundó la casa Carú importadora de maquinas de panadería en general y de amasar en particular (Máquinas Pensotti). Cuando murió, en 1944, lel comercio se vendió con nombre y todo a unos hermanos Rodríguez que en lugar de importar máquinas de amasar empezaron a fabricar cocinas, y luedo otros aparatos domésticos.
    Es verdad en guaraní “carú” significa mas o menos ” a comer!!!”

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