Ch’averias

Todo se ejecutó tal lo planeado; los mozos visitaron a sus familias, dejándoles dinero del anticipo y volvieron contentos del Azul, trayendo una partida de matras y fajas, tejidas por las mujeres.

Oportunamente asistieron encabezados por Don Porfirio al “Banquete Proselitista” que se sirvió en el casco de la estancia, con una nutrida concurrencia del Pueblo y campaña vecina, entre la que los astutos viejos de la comparsa negociaron a buen precio los tejidos pampas.

Luciendo la boina blanca, Don Porfirio fue presentado a Don Domingo, a quien en privado entregó las libretas, y subió al palco improvisado en una chata playa, permaneciendo todo el acto al lado del Patrón y del Caudillo.

Su presencia y la de su gente, obligó al “periodista-personero” de Don Domingo a modificar la pieza oratoria, que pensaba repetir dado el éxito que alcanzó en la colonia agrícola donde la estrenó al comienzo de la gira. En ella fustigaba severamente “la desidia de los nativos, reacios a imitar el esfuerzo denodado de los inmigrantes”.

Más experto en “agachadas” que el mismísimo Teru-Teru, cambió el contenido por un: “Rindamos homenaje a los hijos de aquella pampa indómita, que ayer con sus lanzas y su sangre contribuyeron a nuestra independencia y hoy aportaban sus broncíneos músculos al esfuerzo fecundo y daban un ejemplo de civismo, uniéndose a la ciudadanía, en defensa de los derechos electorales conculcados por el fraude oficialista”.

Al día siguiente de la fiesta, les dieron asueto, aprovechando el capitanejo para ausentarse.

Estas ausencias misteriosas se repetirían algunas veces más.

También comenzaron las ausencias subrepticias de su sobrino, pero como finalizada ya la cosecha no hacían más que comer, dormir y cazar avestruces, mientras corrían los jornales esperando la elección, no llamaron la atención de nadie.

En uno de esos días, encabezados por el mayordomo de la estancia y toda la peonada, partieron bien montados y aperados a un “mitin partidario” hacia una pequeña localidad de la zona.

Después de los discursos, se les sirvió en el corralón del Comité un asado con cuero, abundantemente “regado”.

Llegó el patrón en su automóvil, junto a Don Porfirio tocado con su boina blanca, y Don Domingo le entregó las libretas ya diligenciadas, y le indicó al viejo que las guardara personalmente y no se las diera a la gente hasta que fueran a votar, para evitar cualquier picardía de los conservadores.

A alguna distancia de la estancia había una “esquina de campo”, a la que había ido el sobrino en su primera ausencia con otros dos compañeros, y uno de los criollos de la estancia, que fue el promotor de la iniciativa, a presenciar unas carreras cuadreras.

En su segunda visita, había ido solo, más que nada para darle un galope a su caballo que estaba algo pesadón con el buen potrero y poco trabajo.

A medio camino del boliche, se topó con una muchacha cubierta con un gran sombrero de trapo, que montando un petizo maceta, casi le obstruía el paso, arreando unas ovejas y lecheras por la calle estrecha.

Como marchaban en la misma dirección tuvo que poner su pingo al tranco, por un trecho a la par del petizo.

Pese a la natural timidez de ambos, tuvieron casi obligatoriamente que cambiar algunas frases.

La chica, con la cara ruborizada, se sacó el sombrero de trapo, que instintivamente intuía le quedaba grotesco. Y el muchacho se quedó auténticamente “apampado” ante la catarata de rizos rubios que cayó sobre los hombros de la joven.

De a poco se animaron a conversar, y así supo que ella había ido a buscar la majada a un potrerito cercano, y la llevaba a la chacra que estaba atrás de la loma, porque terminada la cosecha ya tenían el rastrojo disponible para soltarlas.

Él le dijo donde trabajaba y de donde era, y después la chica le pidió que se separaran porque su padre era muy severo, y si la llegaba a ver conversando con un forastero la iba a reprender.

A partir de ese encuentro, se multiplicaron las ausencias del sobrino, y aunque en algunas no sucedió, en otras se encontró con la muchacha, ya sea en el camino o junto al alambrado de la chacra lindera al mismo.

Así nació naturalmente una mutua atracción entre ellos, y como también por estas pampas Cupido suele cumplir su trabajo, los jóvenes se enamoraron.

Pese a toda la desconfiada vigilancia a que tenía sometida a su hija, desde antes que dejara de ser niña, el “Belga” o “Ruso”, su padre, no se percató de nada.

No sucedió esto con la madre (llamémosla doña Rosa), una sagaz criolla, bastante menor que el viejo chacarero, con quien había contraído uno de esos matrimonios, antaño tan comunes, arreglados por los mayores.

Ya enterada de la novedad, comenzó a apañar a su hija, con la que eran muy compinches para soportar la monótona soledad de la chacra, ya que “Ruso” casi un ermitaño, no consentía visitas, y poco solían ir al pueblo.

Ella apoyaba a su hija, pues no permitiría que la niña corriera la suerte suya, que la separaran del hombre de su elección y la unieran a quien tendría planeado el chacarero, seguro otro gringo de la colonia de Cascallares.

Tampoco “se chupaba el dedo” el capitanejo de lo que le pasaba al muchacho, y hábilmente logró que éste le confiara los pormenores de su romance y su desconsuelo porque se aproximaba el día que partiría de regreso.

El astuto tío tranquilizó a su sobrino-nieto, y le aseguró que él arreglaría todo.

Esa noche, contemplando las brasas del fogón, mientras tomaba sus últimos mates, sonreía a solas el viejo.

¡Cómo se repetía la vida! Recordaba las tretas que tuvo que idear hacía muchísimos años, para ayudar a su finado hermano, el abuelo del muchacho, en aquel rescate de la cautiva rubia, la abuela, de los toldos de “los crudos” de Pincen, “pal lado de Puan”.

Corrió el tiempo, se casó el finado con la ex cautiva, vivieron felices y llegó a tener el grado de sargento de baquianos en el ejército, y cuando se retiró adquirió una chacra en el valle del Río Negro.

Al morir le quedó a una hija, madre de su sobrino, actual propietario por fallecimiento de sus progenitores.

Don Porfirio concertó, por medio del muchacho y la chica una visita a Doña Rosa, para lograrla maniobró de esta manera: Averiguaron la marca de tabaco que fumaba el colono en su pipa, y también doña Rosa comenzó a pedir a su marido que las llevara al pueblo, a comprar ropa de mujeres.

El “Ruso” como de costumbre, no se negaba, pero demoraba la ida al pueblo.

Días después apareció por la chacra en un carromato un viejo cetrino, de nariz aguileña, tal vez un turco, que dijo ser mercachifle y andaba vendiendo ropa barata.

Fue atendido de forma hosca, por el dueño que estuvo a punto de echarlo.

Pero como el seudo comerciante le ofreció un paquete de tabaco (justo su marca favorita) a un precio bastante menor que el habitual, cambió de idea pensando que así se evitaría llevar las mujeres al pueblo y como la edad del buhonero no despertaba sus celos, lo mandó hasta el rancho a que enseñara su mercheria a las mujeres y él siguió en el corral, curando unas ovejas sarnosas. Después se acercaría a las casas a pagarle el gasto.

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