Ch’averias

Trabaron así conocimiento Doña Rosa, la muchacha y Don Porfirio, y dio éste seguridad de las intenciones del joven, que quería establecerse en el valle en una chacra herencia de su madre.

Como concluyeron que no había ni que pensar en obtener el consentimiento del colono, que las tenía a ambas prácticamente secuestradas, y el único porvenir que le aguardaba a la chica era “descascarriar ovejas y ordeñar lecheras”, acordaron seguir al pie de la letra las instrucciones del taimado tío.

Vino el Ruso, pagó las pocas pilchitas que compró su esposa, y como el gasto fue poco, no rezongó tanto. Menos aún porque “el Turco” le aceptó unas docenas de huevos como parte del importe.

De la chacra partió el carromato hacia la estancia vecina, de la que dependía el lote que arrendaba el Ruso y pertenecía al Juez de Paz, y caudillo conservador. (por comodidad del relato, lo llamaremos “Don Fernando”) que por una de esas paradojas de la política chavera era hermano de “Don Domingo”, el caudillo radical, con el que a pesar de ser socios en múltiples negocios, mantenían una inveterada discrepancia política.

En la avenida arbolada de la entrada, cambió el conductor del carro, la boina blanca, por otra colorada, y una vez recibido por “Don Fernando”, hablaron reservadamente por largo rato.

Don Porfirio le dijo que trabajando en el campo del concejal opositor, se vio obligado a entregar “las papeletas” de su gente, pero que él no simpatizaba con “los peludos” y creyó su deber avisarle.

Podía Don Fernando preguntar por “el Azul”, que ellos siempre habían seguido a los colorados, desde los tiempos de Juan Manuel.

Además le traía las libretas para que se las guardara hasta después del Comicio, así no podrían votar a los radicales. Después las retiraría para devolverlas a su gente, que ya se ausentarían. Y como tenían ahora el domicilio en Chaves, quedarían a su disposición para cuando los precisara, con solo mandarle a avisar en el boliche del Vasco en Chillar. Él le traería la gente a votar o a lo que fuera.

Eso sí, le pedía que guardara todo en secreto, porque no quería perder la cosecha del año que viene, pues el concejal, a pesar de ser radical, era muy buen patrón.

Luego le dijo que se veía obligado a pedir su ayuda en su carácter de Juez de Paz, por un problema familiar que pasó a relatarle.

El capitanejo y el caudillo, después de sondearse con disimulo, llegaron a la conclusión de que en astucias y camándulas ambos se empardaban, y simpatizaron mutuamente.

-Así que Domingo me quiere madrugar, con los cambios de domicilio- dijo el juez.

-Bueno, le vamos a dar un “contragarrote” en esta cuadrera electoral.

Con Don Fernando se sintió Don Porfirio más a gusto que con Don Domingo y sus pomposas poses de tribuno.

El estilo paternalista del caudillo conservador le recordaba el de los antiguos “loncos” (caciques) de su gente, y juntos planearon la estrategia para las ya inminentes elecciones y el problema de los enamorados.

Don Fernando propuso que como los alambrados del Ruso “estaban a la miseria” a causa de las ovejas sarnosas y de todos modos ya tenía decidido hacerlos nuevos, pero lo venía demorando porque la cosecha tenía ocupados a todos los trabajadores, y además la campaña electoral le quitaba tiempo, ocuparía al sobrino enamorado, que vendría a vivir a su estancia y empezaría a deshacer el alambrado viejo.

Él le “pediría amistosamente” al Ruso que cuidara que las ovejas no se pasaran a la estancia. Éste seguramente para ahorrarse un peón pondría a la hija a cuidar la majada en los claros que se formarían en el cerco y ahí tendrían oportunidad de encontrarse con el mozo.

Más tarde, debían pedirle permiso al colono para formalizar las relaciones.

Como el Gringo se negaría rotundamente, la muchacha ayudada por su madre se refugiaría en la estancia. Don Fernando intervendría como Juez de Paz, y ya que la chica contaba con el consentimiento de la madre y tenía edad, los autorizaría. De a poco convencería al Ruso que no tendría más remedio que aceptar el hecho consumado, más cuando supiera que tendría un nieto.

Acordaron finalizar todo para el día de las elecciones.

Don Porfirio volvió a la estancia del Concejal, previo cambio de boina, pidió hablara con el patrón y le manifestó que su sobrino, como no podía votar, no consideraba justo estar cobrando los jornales y quería retirarse a hacer una changa de alambrador que consiguió, para ganar unos pesos para el pasaje a Río Negro.

Se quedó admirado el estanciero de la rectitud del mozo y tuvo que insistir mucho, para que cuando se fue, “con su licencia”, le aceptara con la paga del trabajo realmente realizado, una extra como bonificación que le alcanzaría para gastos de viaje.

Otras veces más visitó el carro del mercachifle la chacra del Ruso, que lo recibió con algo menos de hostilidad ya que le permitiría pagar el gasto con huevos, triperos salados y quesos.

Con su rusticidad característica, tomaba el paquete de tabaco y dejaba al supuesto “Turco” en la cocina, arreglando los pormenores del trato con Doña Rosa y él se iba sin despedirse a continuar la tarea en que lo había encontrado la visita.

Bien aprovecharon los complotados el tiempo en que quedaron a solas, ya que la muchacha también estaba en el campo cuidando el alambrado.

Doña Rosa estaba más que harta de la vida monótona de la chacra y de su “marido impuesto”. Añoraba la juventud tan divertida que le cortara su matrimonio no deseado.

Don Porfirio, cansado de prolongar su viudez solitaria…. en fin, como decía un proverbio de “los antiguos” la mujer es leñita de cardo, el hombre es fuego, curuv(el viento) es gualicho y sopla.

Todo quedo ajustado y convenido y esperando su ejecución.

La víspera de la elección, había pagado el patrón a la gente de Don Porfirio y éstos se habían retirado con toda su caballada, muy contentos; dando alaridos y vivas al caudillo se dirigieron al pueblo entre la polvareda, que tapaba la jardinera del cabecilla.

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