Centenario

Obviamente nadie me adjudicó el rol de distribuidor de méritos históricos, un elemental sentido de justicia, y el amor a esta tierra donde he nacido, “criollo tardío”, me impulsa a evocar el borroso recuerdo de los precursores indígenas y gauchos, para transmitirlos a las nuevas generaciones chaveras, que hoy los reemplazan en esta zona privilegiada.

Sepan perdonar, si los molesta, esta manía inofensiva.

Grande es el mérito de los inmigrantes, reconocido ampliamente en plazas, monumentos, y con su día consagrado en el calendario.

No soy precisamente yo, uno de sus nietos, quien intente rebajarlo.

Aquí llegaron por ferrocarril, a un pueblo en formación, con loteo de solares y calles delineadas, campos ya alambrados, territorio ya explorado y demarcado por ingenieros y topógrafos.

Empezaron sobre tierra limpia; la población anterior, previamente exterminada o expulsada, no vendrá a reclamar derechos.

La mayoría de los recién llegados, no tuvo conocimiento de estos anteriores habitantes pre-existentes.

Ni pudo, ni quiso tenerlo, o se lo trasmitieron erróneo, distorsionado, y hasta racista.

¡Pobres indígenas! Pobres gauchos pastores y pobladores del “desierto”. ¡Pobres los milicos de la Guardia Nacional y las bravas “chinas fortineras”. Pobres las mujeres y niños, carne de cautiverio, las “cristianas” de “los indios”, las “pampas” de los “cristianos”!.

¿Tiene Chaves una calle, una placa, que los recuerde? La tercera generación de inmigrantes, nos hemos convertido todos en criollos (dice el diccionario: Criollo “es el descendiente de europeos criado en América).

¿Se enseña esa historia de heroísmos olvidados, a los “chaveritos” y “chaveritas”? ¿Despiertan en ellos algún eco, nombres como “El pescado castigado”, “El cristiano muerto”, “la tapera de Sabino”, el fortín Machado, la posta de “La Paloma”, la rastrillada del Pillahuincó?

La legión de trabajadores extranjeros, nuestros abuelos, llegaron a esta patria chica, después que el genocidio estaba consumado.

Esas manos callosas, no se tiñeron con la sangre nativa, con la que se mezclarían mas tarde, en hijos y nietos.

Nosotros no arrastramos la culpa histórica de ese crimen de lesa humanidad. Tendremos otros pecados, pero si hay un juicio final, no nos preguntará el Supremo Juez:

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