Centenario

¿Qué has hecho de tus hermanos? ¿Dónde están el querandí, el pampa, el tehuelche?

Si no tenemos, ni tienen, las nuevas generaciones que ocultar las marcas de Caín: ¿Por qué vamos a convertirnos entonces en encubridores? ¿Por qué vamos a perpetuar la cantinela eterna de: el triunfo de la “civilización” sobre “el salvaje despiadado y sanguinario”, de aquellos que terminaron “comiéndose al caníbal”?

Hoy la historia puede examinar los hechos objetivamente, sin las pasiones ni los intereses creados, de quienes argumentaron hasta el infinito como beneficiarios de la expoliación.

Tampoco es el caso de convertirnos en modernos “Bartolomes de las Casas” y adoptar una posición opuesta, parcial, subjetiva, que tanto perjudica a la verdad (siempre relativa) de la historia.

Para saber quien tiró la primera piedra, que hablen los documentos, empezando como se debe, por el principio: el ingenuo testimonio del rudo mercenario alemán que estuvo en la primera fundación de Buenos Aires, nos relata este yo diría “Primer encuentro cercano”.

También rogaría, que en un futuro hipotético, una expedición alienígena no fuera a tratarnos como lo fueron los querandíes. Y si el caso se diera fatalmente, que al menos hayamos heredado, lo que tuvieron ellos, para defender su libertad.

Pero vamos al documento, que a confección de partes, relevo de pruebas.

“Ahí hemos encontrado, en esta tierra, un lugar de indios los cuales se han llamado “querandíes”. Ellos han sido alrededor de tres mil hombres, formados con sus mujeres e hijos. Nos han traído su escasez en pescado y carne, y sólo faltaron un día, en que no nos trajeron de comer.

Entonces nuestro general envió enseguida un alcalde de nombre Juan Pavón, con otros dos, pues estos susodichos querandíes estaban a cuatro leguas de nuestro real.

Cuando llegó, se condujo de tal modo con los indios, que ellos, el alcalde y sus peones fueron bien apaleados y después los dejaron volver.

Cuando el susodicho alcalde tornó al real, metió tal alboroto, que don Pedro de Mendoza, envió a su hermano don Diego, con trescientos lasquenetes (arcabuceros) y treinta caballeros bien pertrechados para dar muerte y cautivar o apresar a los querandíes y ocupar su lugar. Yo en esto he estado presente.

Cuando llegamos, sumaban los indios unos cuatro mil, pues habían convocado a sus amigos. Y cuando quisimos atacarlos, se defendieron de tal manera, que tuvimos que hacer bastante con ellos.

Dieron muerte a nuestro capitán, don Diego de Mendoza y seis hidalgos de a caballo y alrededor de veinte infantes nuestros. Por el lado de los indios sucumbieron unos mil hombres, más que menos y se defendieron muy valientemente de nosotros.

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