“Perdíz Chica” y Sixto Ortiz

En una antigua estancia de nuestra zona, adonde lo llevó el destino, se enredó Perdiz Chica en un romance apasionado con la bella hija de un matrimonio patricio y terrateniente, que desplegaron una oposición feroz a estas relaciones.

La valiente enamorada, desdeñando su abolengo, una noche de luna huyó enancada en el montado de su amado, y por algún paraje de nuestros pagos levantaron el hogar secreto, donde vino al mundo el fruto de sus amores: ¡mi amigo Sixto!

Solía cantar aquel humilde guitarrero chavero, Aladino Valverde.

No digas a nadie
que voy a contarte
que allá entre cardales
perdido entre flores
un nido de amores
se esconde en la pampa.

Allá en la pampa grandiosa
Entre flores y juncales
hay un nido y en el nido
cantan siempre los zorzales.

¡Vaya si corrían entonces, como dice otra zamba “tiempos de lanza y romance”! Pero les estoy narrando hechos reales, no fantasía literaria.

Era niño Sixto, cuando falleció su madre.

Los poderosos abuelos se lo quitaron a su padre y lo criaron con poco cariño, pero dándole el doble apellido de su linaje.

En cuanto la edad le permitió, agraviado por la forma despectiva en que los aristocráticos abuelos se referían a su progenitor, Sixto abandonó su frío hogar, se quitó el segundo apellido y por mucho tiempo y sin resultado, buscó a su padre.

Supo que éste deambulaba como obrero de cosechas, por las zonas cerealeras.

Todavía siendo hombre maduro, en sus giras sindicales, lo hemos visto a Sixto preguntar a viejos estibadores si lo habían conocido.

Trabajando en la zona maizera del norte bonaerense, Sixto se encontró con Tona, la hija de los gringos chacareros.

A poco formaron su hogar, arrendando un retazo de tierra.

¡Pusieron tanta esperanza! ¡Tanto empeño! Pero por mucho que trabajaban y se sacrificaban, no salían de la indigencia.

Cuando no era la sequía era la langosta, o peor, la otra langosta del arrendamiento, los acopiadores, o los préstamos usurarios.

Llegó el día que los colonos vecinos, apretados por estas tenazas, se resolvieron a protestar.

¿Cómo Sixto, que tenía la misma sangre montonera de “Perdiz Chica”, no iba a participar en la patriada?
Pero a pesar que todos firmaron y se comprometían a no aflojar, cuando las papas quemaban la mayoría se sometía, y siempre eran los mismos pocos que daban la cara.

Fue así que poco a poco, en estas luchas agrarias, Sixto fue siendo sindicado como “agitador profesional”.

Ya en la lista negra de los terratenientes, el corte de los créditos, las prepotencias policíacas, el deambular con la sufrida Tona y los chicos buscando tierra, de desalojo en desalojo.

¡Toda la saga tan conocida del chacarero chico, de la primera parte del siglo pasado! En una de las detenciones, donde conoció los sótanos de “la sección política” y la picana eléctrica, Sixto también conoció a unos camaradas ferroviarios, que le brindaron solidaridad para Tona y los chicos y lo vincularon con vanguardias obreras, que lo influyeron ideológicamente, visitó países socialistas y completó su formación sindical.

Pero nunca abandonó su idiosincrasia argentina y su decir campechano, que en las tribunas obreras cosechaba más éxito que la oratoria grandilocuente de los intelectuales de su tiempo.

El siguiente período desde el golpe militar de 1943 hasta la “Revolución Libertadora” fue el culminante para Sixto.

Veré si mi escasa capacidad sintetizadora logra simplificar la complejidad de sucesos.

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